Empujó la puerta de cristal con sus manos torpes mientras la seguía con la mirada. Era una muchacha jóven. Aún pequeña. Su largo pelo castaño caía sobre sus hombros hasta rozar la cintura, donde su puntas comenzaban a bailar rebeldemente. Llevaba la raya a un lado. Derecho. Y recogía el flequillo en el lado contrario con una gran pinza negra que no dejaba de colocarse, y recolocarse. Una y otra vez. Siempre quedaba algún pequeño mechón sin apresar que resbalaba sobre su ceja y tapaba parte de su pequeño ojo verde. Entró sonriendo y reluciendo brackets.
Tapaba su torso con una camiseta larga que cubría más allá de sus caderas. Atrapaban sus bermudas vaqueras que se derrumbaban hasta las rodillas y bailaban con cada zancada. La madera crujía bajo sus Nike con el más mínimo movimiento. La brisa de su respiración aturdía el ventilador que abanicaba junto a la barra.
Sus pesadas piernas caminaron con paso vacilante hacia la mesa número cuatro, la que se escondía tras una pequeña planta de hojas gruesas. Hacía esquina con la cocina y tenía al frente un gran ventanal que daba a la avenida parisina.
Acomodó su mochila verde a en una silla y ella se sentó en la continua. Desplomó su cuerpo sobre el mueble con indiferencia y se reclinó contra el espaldo. La observé durante un momento antes de interrumpir su sosiego.
Parecía una chica calmada. Formal. Ese tipo de personas que lo ven todo en segunda fila y se limitan a escuchar. Escuchan cada silencio que los protagonitas crean en sus problemas. Un hombro empapado en lágrimas. Entonces un timbre atronador resonó en todo el café. Sacó su teléfono del bolsillo y contestó.
- Carmich - su voz se clavaba en el teléfono que le respondía mientras ella esperaba en silencio. Pasaron los minutos y seguía callada. Del otro lado de la línea llegaba malas nuevas, yo lo noté en su cara.
Quiso disimular su angustia, pero sus cejas se inclinaron y frunció sus labios. Movía sus ojos de un lado a otro buscando algún lugar seguro en el que dejar caer la mirada. Estaba nerviosa.
Abrió la boca y volvió a articular palabras - Esto no puede ser, Carmen, ¿lo sabes, no? Hay que frenar lo que se nos viene encima y no estoy dispuesta a seguir aguantando la mierda que nos echa a nosotras. - Carmen le contestó, mientras ella resoplaba negando con la cabeza. - No, no... Carmen. No, escúchame: ... - comenzó un discurso ininterrumpido. Expuso sus palabras ante el teléfono de una forma increíble, exacta, rápida y eficaz. Parecía estar leyendo un papel y no me extrañó que se hubiese llevado un guión preparado. Silencio de nuevo. Sus palabras resonaron en mi cabeza y los argumentos cayeron a mis pies. No tenía ni idea de cuál era el problema que ella tenía, pero estaba convencido de que tenía razón-. Escucha, Carmen, estoy en el café de la semana pasada, ¿recuerdas? Bien, aquí te espero. - suspiró y colgó el teléfono, dejándolo apoyado en la mesa de cristal.
Me acerqué con calma a preguntarle que iba a tomar.
-¿Todo bien? - mi pregunta hizo que sus ojos se apartasen de la carta y me mirase a la cara con expresión incrédula. Y sonrió. Sonrió por la singularidad de mi pregunta. Obvio. Un camarero de París pregunta si quiere la leche caliente o del tiempo, no si la vida le viene rodada o cuesta abajo. Pero sus palabras habían hecho que mi interés cayera en sus problemas. Y en Carmen. ¿Cuánto tardaría en llegar? Entonces me di cuenta de que aún esperaba la pregunta adecuada - ¿Qué va a tomar? - resoplé.
Y estalló en carcajadas, su risa se paseó por todas las mesas de café. No tenía cabida en una situación como aquella. Acaba de discutir, regañar e impacientárse por teléfono y ahora reía como si no hubiera problema que pudiese afectarle. Parecía bipolar, y me pregunté si lo era. No me importó demasiado cuando sonrió para mí, y pude advertir que aquello no acaba ahí.
- Creo que esperaré a Carmen para decidir, gracias. - me giré sobre mis talones con su respuesta bailando en mis oidos avergonzados cuando la escuché suspirar -. Es ahora comienza lo bueno.- sonaron palabras tristes y desafiantes. Sería difícil hacerla callar.
Una vez detrás de la barra contemplé como sacaba un libro de su mochila y comenzaba a leer pasada la mitad de las páginas. Delizaba su cabeza y cada renglón y se mordía las uñas, pintadas de un marrón desgastado por el tiempo. Su reloj celeste bailaba en su muñeca izquierda y en cada página se inclinaba a mirarlo. Apenas había pasado un cuarto de hora cuando advertí en sus ojos el nacimiento de una lágrima. Se enfada, rie, llora... Tripolar.
-Menuda chica tan rara - suspiré.
Y me senté a esperar a Carmen.
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