La situación era la misma tanto detrás de la barra cómo en la mesa cuatro. Los dos nos fijábamos en cada clienta, esperándola. La diferencia es que yo la miraba a ella después de cada rostro que atisbaba, para comprobar que aún no había llegado Carmen.
Después de media hora eterna, una joven de altura por encima de la media se disponía a irrumpir una rutina. Tiró de la puerta. No se abrió. Tiró más fuerte. Seguía sin abrirse. Observé que toda la clientela posaba miradas curiosas en la entrada. Tras darse cuenta de que el mecanismo era el contrario, empujó con un resoplido. Reconocí una risa y volví la mirada a la mesa cuatro. La chica tripolar relucía brakets de nuevo y hacía señas para que la nueva inquilina se sentase a su vera.
El suelo crujió con el enfado de Carmen. Sus auriculares dejaron escuchar una música folk antes de qu los guardase en el bolsillo. Llevaba unos pantalones cortos escondidos bajo un jersey enorme que no dejaba describir su figura. Sus deportivas negras arrastraban los cordones por la madera, pero no los llegó a pisar con las zancadas que dio.
Se deslizó en la silla que se encontraba delante de su amiga y se deshizo del jersey, quedándose con una camiseta marrón básica, de tela fina. Se recogió el pelo encrespado y un tanto mojado en un pseudo moño, dejando entreverse la atadura en el cuello de su bikini. Pese al recogido, su flequillo seguía incordiando y de vez en cuando pasaba la mano por su frente para echarlo hacia atrás. En uno de esos gestos conseguí ver sus ojos de un color indefinido pero no muy oscuro, bañados en pintura de ojos negra que no había limpiado a noche al llegar a casa, y con unas pestañas que no se quedaban cortas. También rebosaba personalidad su nariz respingona.
-Déjame ver la carta. Tampoco me dio tiempo a desayunar.- Acercó la carta. Con una mano pasaba las hojas mientras la otra se enredaba en el cordel azul de su llamador de ángeles. De vez en cuando se acercaba una de las manos a la boca para morderse las uñas, ya devoradas, eliminando así la poca pintura roja que quedaba en ellas.
En cuanto cerró la carta y levantó la vista salí de detrás de la barra, para perderme lo mínimo de la conversación.
-Bien. ¿Cómo la matamos?- rompió el hielo Carmen.
-A ver. Quizá deberíamos hablarlo.
-Paulich querida, por experiencia te digo que no va a querer arreglar las cosas.- Le cogió las manos y le regaló una sonrisa arreglada tras años de aparato dental. Paula le expuso todo su razonamiento, deleitándome de nuevo. Carmen escuchaba, queriendo aparentar tranquila pero delatándose con sus ojos rebosantes de preocupación, luego contestaba con bromas estúpidas pero que conseguían quitarle hierro al asunto. Quizás ella estuviese derrumbándose pero le importaba más el estado de su amiga, lo primero era alegrar a los demás.
Llegué a la mesa y Paula sonrió reconociendo mi curiosidad.
-¿Ahora?- pregunté.
-Creo que sí.
La mirada de la otra chica se volvió perpleja debido a la nuestra de complicidad. Paula le indicó que pidiese su desayuno.
-Quiero una rodaja de melón, un cola-cao, un zumo de melocotón, un croissant, dos tortitas, tres crêpes con Nutella y cereales.
Los dos nos quedamos con la boca abierta.
-Esque ayer con todo lo que ocurrió casi no cené.
-¡¿Qué?! ¡Fuiste la que más cenó!-dijo sin poder evitar una nueva carcajada. La chica me miró y su tez pálida comenzó a sonrojarse. Normal, cualquiera se avergonzaría. Comencé a pensar que tal vez tuviese un parásito en su intestino.-Yo tomaré un café con leche.
La hoja de mi bloc se quedó sin espacio. Miré el bloc. Miré a Carmen.
-Probablemente tarde un poco.
Las dos rieron esta vez.
-No pasa nada.-dijo entre risas.- Gracias.-Di media vuelta y conseguí escuchar unas últimas palabras bañadas en acento gallego- Qué majo tu amigo el camareris.- Miré hacia atrás y le dediqué una sonrisa. Sabiendo que ellas volverían a alegrarme con sus carcajadas. Seguí caminando y puse la hoja en la cornisa de la ventanita de la cocina. Luego me fui a la barra, apollé la cabeza en una mano y las miré casi con acoso, agudizando el oído a un tiempo. Paula gesticulaba desesperada, no se podía creer la situación en la que se hallaban. Carmen comenzó a dejar su optimismo a un lado.
Probablemente nunca me enterase de lo ocurrido, por eso comencé a imaginármelo, cómo hago siempre en mi trabajo. Me fijo en uno de los clientes, lo observo minuciosamente y me invento su historia, basándome probablemente en su aspecto físico, y esque para este hobby sólo sirven los prejuicios.
Supongo que todo habría ocurrido en la fiesta. Esa de anoche que celebraron a orillas del río en el que se bañaron. Todos se lo pasaron bien menos ellas y un par de amigas más que palpaban la tensión en el ambiente. Ellas notaban las mentiras y el egoísmo. Notaban el interés. Dejaron que todo ocurriese y pasase de largo. Pero no son de las que piensan a lo hecho pecho, son de las que hablan por los codos melodramáticamente. Y al día siguiente (hoy) todo se hablaría, la verdad sentenciaría.
Tras el banquete de Carmen, dejaron el dinero en el platito que les había dejado con la cuenta y salieron de la cafetería despidiéndose de mí. Me acerqué a recoger mi propina que fueron solamente cinco míseros céntimos y observé que había en el platito una nota.
Eres un camarero muy simpático, queríamos dejarte más propina pero andamos justas de dinero.
Con el platito y la nota aún en mano me giré bruscamente hacia la puerta. Vi dos caras adolescentes sacudiendo la mano y sonriéndome.
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