- Le di las gracias a Carine.
Mi voz sonó tranquila, masticando cada sílaba para decirla con cuidado. Sí, había matado a Carine y me jactaba de ello de manera casi entusiasta, no debía equivocarme. Quedaría poco serio.
Tras colocar el punto a mi frase y poder cerrar mis labios de cereza tranquila, levanté la cabeza por encima del hombro y miré el cuerpo aniquilado que había sido la pequeña Carine. Sus piernas se doblaban de forma casi irreal, con las rodillas clavadas en el suelo y un zapato descolocado. El tronco de la niña se encorvaba hacia el lago, hacia mi lago, con mis ranas, sus bracitos apenas se veían. Y su cabeza flotaba. Se le habían deshecho los rizos y la sangre de su cuello bailoteaba con el agua.
Entonces, una vez repasada la situación, le devolví la mirada a mi madre. Estaba pálida, rígida, de pie junto al sofá. Sus ojos se abrían hasta ocultar casi sus párpados y el terror miraba en sus pupilas. Dejó caer su mandíbula inferior y empezó a respirar de forma agitada. Creí que iba a darle un ataque. Un ataque de algo. De nervios, al corazón. Al corazón de los nervios. A los nervios del corazón. Fuera lo que fuese, esa muerte ya no sería tan placentera. No sería mía.
Yo aún estaba sonriendo.
Mi padre se acercó, abriendo y cerrando sus pequeños ojos almendrados rápidamente mientras ajustaba las patillas de sus gafas azules, como si lo viera todo desenfocado. Entonces me miró, su expresión era de incomprensión, torpeza. Primero frunció el ceño, con la nariz arrugada y los labios de lado. Como un dibujo animado. Después se rascó la nuca. Miró al techo. Sujetó a mi madre por la cintura y soltó un 'Vaya'.
¿Vaya?
Acababa de matar a la inútil de Carine yo sola y sólo iba a decir vaya. Qué grande era el viejo.
Tras aquellas dos sílabas tan apropiadas, mi madre tanteó el terreno y buscó el sofá. Cuando lo encontró, se deslizó suavemente y logró acomodarse, liberándose del apreso al que mi padre la mantenía. Me miró con los ojos secos y la voz muerta, pidiéndome que me fuera a mi cuarto y me diera una ducha.
Diez minutos después escuché sirenas de la policía.
Tres días después ingresé en Blakstad Mental Hospital.
Cinco años después estaba fuera.
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