Me llamo Cherry.
Sí, Cereza. Soy una fruta, una discoteca y un sabor de Coca-cola. Yo tampoco lo entiendo, pero para mis padres tenía mucho sentido. Claro que cuando tienes diecisiete años y te quedas embarazada todo te parece lógico y razonable y deseas llamar a tu desgraciado bebé como tu personaje favorito de la peor serie televisiva del momento, pues piensas que es todo un honor para la criatura, cuando en realidad es una putada.
Cherry Hansen, esa soy yo.
Nací en Noruega, en un pequeño pueblo apartado de la capital. Era pequeña, casi albina y de ojos grandes. No hablé, no hasta muy tarde, pues nunca tuve nada que decir. Las palabras se quedaban en mi cabeza, sin ganas de ser escuchadas. Ni logopedas, ni médicos, ni ostias. No había nada que yo quisiera decir. Hasta que cumplí cinco años, entonces mi voz sonó por primera vez: Carine.
Carine era mi hermana. Fui a visitarla al hospital cuando tenía dos días de vida y aún no había abierto los ojos. Estaba triste y roja mientras mi madre la sujetaba en brazos. Entonces la miré a ella, estaba cansada, despeinada y con los ojos vidriosos. Casi pude adivinar una lágrima, pero no me importó. Nunca quise demasiado a mi madre.
Pero Carine... Carine tenía un nombre normal. Carine Hansen. Sonaba a estrella de cine, de la televisión. Sonaba bien. Sonaba lógico, común y natural.
Pasó el tiempo, yo crecí, Carine creció y mi madre envejeció. Se hizo responsable y cuidó de ella. Cuidó de la pequeña todo lo que no había cuidado de mí. Con un año, la mocosa caminaba; con dos años, la mocosa hablaba; la mocosa hacía ballet, la mocosa tocaba el piano, la mocosa reía, la mocosa esto, la mocosa aquello. Y mientras yo, Cherry, la cereza deprimida, esperaba detrás mi turno. El turno de atención de mi madre, el que no llegaba nunca.
Vivíamos en una casa con jardín, nos mudamos allí cuando Carine pudo caminar, 'así podrá correr entre los árboles', dijo mi madre. Yo aprendí a caminar en la cuna, dando vueltas, como en un circuito de fórmula uno. Nuestra nueva casa estaba limitada por un muro de piedra y cerrada por un portalón negro. En la puerta, letras grandes y doradas sentenciaban el nombre que habían puesto a la morada, algo noruego que no entenderían, y la verdad, no tiene importancia. Desde allí hasta la entrada de la casa, se hundía en la hierba un camino de piedras desiguales y colocadas al azar. La casa no era gran cosa, ya saben, cocina, baño, salón, habitación de la mocosa y zulo para la cereza. Mi habitación era lo que, habitualmente, se usaba de lavadero. Tenía una sola ventana, por la que no cabía mi cabeza y a la que no le daba nunca el sol. Una cama individual, con una manta y una almohada. Y una caja para los zapatos.
El jardín caía tras el salón. Lo recuerdo enorme y brillante. Con hierba verde y flores de colores hasta acabar en el pequeño lago que delimitaba nuestra propiedad, allí había nenúfares y algunas ranas. Mi madre puso un columpio, para Carine. Y Carine siempre estaba en el columpio mientras yo miraba ranas.
Nunca quise a Carine.
Odiaba a Carine.
Odiaba a mi madre.
Era un día nublado, de esos que el frío te cala en los huesos. Me levanté mal y tarde y bajé a desayunar. Ya no quedaba nadie en la cocina, ni café, ni tostadas. Mi madre miraba la televisión, alternando su mirada entre la caja tonta y la niña tonta que jugaba en el columpio. Mi padre trabajaba, siempre trabajaba. Le pregunté casi susurrando qué había para desayunar, y me contestó entre risas
- Tu hermana te compró algo ayer. Está en la nevera.
Volví arrastrando los pies a la cocina, deseando encontrar gelatina o helado, pero no. Había un enorme y suculento bol de cerezas. Cerezas rojas de temporada. Cerré la nevera de un portazo y pude escuchar las carcajadas de mi madre desde el salón. Me hirvió la sangre y cerré mis puños para contener las ansias de darle una patada a algo. A mi madre.
Hice fuerza hasta clavarme las uñas, la culpa era de Carine.
Ese fue el día que maté a mi hermana.
1 comentario:
¡Sigue!
Publicar un comentario