Cuatro eran las chicas que esperaban a la que leía libros al revés a la puerta de mi cafetería. Hablaban, agitadas. Todas gesticulaban mucho, pero una en especial, se movía más. No la había visto nunca, no como a las dos que estaban a su derecha. Trataba de explicarse, o eso me pareció, ya que parecía describir una situación. Las otras la miraban fijamente ahora. Me sentí igual que un acosador, y bajé la mirada para fingir que limpiaba el mostrador.
De repente, la chica que gesticulaba estaba a dos palmos de mi cara. Me asusté. ¿Sería siempre tan esporádica?
Vestía unos pantalones cortos blancos, pero apenas se veía una rendija de ellos, y una camiseta llena de avispas que ponía "Bee different". Era curioso, la camiseta de la chica más corriente del mundo gritaba por la originalidad. Todo parecía normal en ella: el pelo, castaño, al igual que los ojos. No era muy alta, y quizá por eso se puso de puntillas apoyada en el mostrador. Me sonrió, y no pude evitar fijarme en que lo hacía tristemente, y fue entonces cuando me di cuenta de que le tenía que decir algo, porque estaba siendo descortés en extremo al quedarme examinandola con la mirada durante tanto tiempo.
-¿Te puedo ayudar en algo?
-Si, claro, para algo he venido hasta aquí.
Debía de esperar que yo dijera algo, porque no dijo nada más. Ladeó un poco la cabeza, y sus rizos acariciaron levemente el mostrador.
-Me...preguntaba...si tenías mesa para cinco adolescentes al borde de un ataque de nervios...
Vaya día me estaban dando aquellas chicas. Las mandé pasar, a ver cómo acaba la cosa.
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