martes, 29 de marzo de 2011

Capítulo tres: Vaya.

- Le di las gracias a Carine.
Mi voz sonó tranquila, masticando cada sílaba para decirla con cuidado. Sí, había matado a Carine y me jactaba de ello de manera casi entusiasta, no debía equivocarme. Quedaría poco serio.


Tras colocar el punto a mi frase y poder cerrar mis labios de cereza tranquila, levanté la cabeza por encima del hombro y miré el cuerpo aniquilado que había sido la pequeña Carine. Sus piernas se doblaban de forma casi irreal, con las rodillas clavadas en el suelo y un zapato descolocado. El tronco de la niña se encorvaba hacia el lago, hacia mi lago, con mis ranas, sus bracitos apenas se veían. Y su cabeza flotaba. Se le habían deshecho los rizos y la sangre de su cuello bailoteaba con el agua.


Entonces, una vez repasada la situación, le devolví la mirada a mi madre. Estaba pálida, rígida, de pie junto al sofá. Sus ojos se abrían hasta ocultar casi sus párpados y el terror miraba en sus pupilas. Dejó caer su mandíbula inferior y empezó a respirar de forma agitada. Creí que iba a darle un ataque. Un ataque de algo. De nervios, al corazón. Al corazón de los nervios. A los nervios del corazón. Fuera lo que fuese, esa muerte ya no sería tan placentera. No sería mía.


Yo aún estaba sonriendo.


Mi padre se acercó, abriendo y cerrando sus pequeños ojos almendrados rápidamente mientras ajustaba las patillas de sus gafas azules, como si lo viera todo desenfocado. Entonces me miró, su expresión era de incomprensión, torpeza. Primero frunció el ceño, con la nariz arrugada y los labios de lado. Como un dibujo animado. Después se rascó la nuca. Miró al techo. Sujetó a mi madre por la cintura y soltó un 'Vaya'.


¿Vaya?


Acababa de matar a la inútil de Carine yo sola y sólo iba a decir vaya. Qué grande era el viejo.


Tras aquellas dos sílabas tan apropiadas, mi madre tanteó el terreno y buscó el sofá. Cuando lo encontró, se deslizó suavemente y logró acomodarse, liberándose del apreso al que mi padre la mantenía. Me miró con los ojos secos y la voz muerta, pidiéndome que me fuera a mi cuarto y me diera una ducha.


Diez minutos después escuché sirenas de la policía.
Tres días después ingresé en Blakstad Mental Hospital.
Cinco años después estaba fuera.

lunes, 28 de marzo de 2011

Capítulo 2: el vestido quedó sucio.

Mi madre no tenía compasión. Ni cabeza. Mi madre era idiota y seguía riéndose como tal.
Pasé con los puños cerrados por delante de la puerta del salón y cuando casi había conseguido huir de las carcajadas escuché una sugerencia despiadada. 
-¿No vas a agradecerle a tu hermana el regalo?- Mi padre tenía mejor fondo que mi madre, pero no era de muchas luces.
Mi primera reacción fue clavar con más fuerza las uñas en mis manos, luego, abrí los puños y aminoré el paso hasta detenerme.  Pensé que sí podía darle las gracias de una manera ecuánime, no sólo por aquel incidente de las cerezas, también por el incordio constante y permanente que me causaba.
Crucé el salón para salir al jardín, con una sonrisa de oreja a oreja y con un ego descomunal por haber ideado aquella solución yo solita. Pasé por delante de mi madre y el desinterés habitual de mi familia hizo aún más sencillo llevar a cabo mi propósito.
El columpio donde Carine se balanceaba estaba muy cerca de mi lago favorito, así que le propuse enseñarle a cazar ranas. La muy necia aceptó y saltó del columpio, tan grácil como siempre.
En cuanto nos agachamos en busca de la primera presa, agarré con fuerza el delicado cuello de mi hermanita y hundí su cara en la charca. Cuanto más patadas y aspavientos hacía, mayor era el placer que invadía mi cuerpo. Mis ojos estaban totalmente abiertos y mi boca cada vez sonreía más. Recuerdo haber liberado mi satisfacción con alguna que otra carcajada.
Aquella cantidad de adrenalina conseguía aumentar mi entusiasmo y ya agarraba con las dos manos su cuello cuando encontré en la orilla una piedra afilada. Tiré de los ricitos de oro y, en el momento en el que en Carine quedaba únicamente un último suspiro, clavé la piedra en su cuello y su sangre salpicó mi cara. 
Que dulce resulta decir te maté.
Extraje entonces la piedra de la yugular e hice múltiples cortes en sus piernas de bailarina y en sus manos de pianista. Observé el cadáver mutilado, seguro que mi madre se enfadaría con ella al ver el vestido tan sucio. Aunque tal vez la culpa fuese mía, además, yo también estaba llena de sangre.
Entré a hurtadillas por el salón, pero, al parecer, despertaba más interés cuando estaba tan roja. Mi madre chilló y mi padre corrió en su ayuda asustado. 
-Cherry... estás llena de.. sangre...- Mi padre era muy observador- ¿Qué ha ocurrido?
Tras aquel hilo de voz y un silencio sepulcral luego, no guardé mis palabras:
-Le di las gracias a Carine.

domingo, 20 de marzo de 2011

Capítulo uno: Hansen, Cherry Hansen.

Me llamo Cherry. 
Sí, Cereza. Soy una fruta, una discoteca y un sabor de Coca-cola. Yo tampoco lo entiendo, pero para mis padres tenía mucho sentido. Claro que cuando tienes diecisiete años y te quedas embarazada todo te parece lógico y razonable y deseas llamar a tu desgraciado bebé como tu personaje favorito de la peor serie televisiva del momento, pues piensas que es todo un honor para la criatura, cuando en realidad es una putada. 

Cherry Hansen, esa soy yo.

Nací en Noruega, en un pequeño pueblo apartado de la capital. Era pequeña, casi albina y de ojos grandes. No hablé, no hasta muy tarde, pues nunca tuve nada que decir. Las palabras se quedaban en mi cabeza, sin ganas de ser escuchadas. Ni logopedas, ni médicos, ni ostias. No había nada que yo quisiera decir. Hasta que cumplí cinco años, entonces mi voz sonó por primera vez: Carine.

Carine era mi hermana. Fui a visitarla al hospital cuando tenía dos días de vida y aún no había abierto los ojos. Estaba triste y roja mientras mi madre la sujetaba en brazos. Entonces la miré a ella, estaba cansada, despeinada y con los ojos vidriosos. Casi pude adivinar una lágrima, pero no me importó. Nunca quise demasiado a mi madre. 
Pero Carine... Carine tenía un nombre normal. Carine Hansen. Sonaba a estrella de cine, de la televisión. Sonaba bien. Sonaba lógico, común y natural.

Pasó el tiempo, yo crecí, Carine creció y mi madre envejeció. Se hizo responsable y cuidó de ella. Cuidó de la pequeña todo lo que no había cuidado de mí. Con un año, la mocosa caminaba; con dos años, la mocosa hablaba; la mocosa hacía ballet, la mocosa tocaba el piano, la mocosa reía, la mocosa esto, la mocosa aquello. Y mientras yo, Cherry, la cereza deprimida, esperaba detrás mi turno. El turno de atención de mi madre, el que no llegaba nunca.


Vivíamos en una casa con jardín, nos mudamos allí cuando Carine pudo caminar, 'así podrá correr entre los árboles', dijo mi madre. Yo aprendí a caminar en la cuna, dando vueltas, como en un circuito de fórmula uno. Nuestra nueva casa estaba limitada por un muro de piedra y cerrada por un portalón negro. En la puerta, letras grandes y doradas sentenciaban el nombre que habían puesto a la morada, algo noruego que no entenderían, y la verdad, no tiene importancia. Desde allí hasta la entrada de la casa, se hundía en la hierba un camino de piedras desiguales y colocadas al azar. La casa no era gran cosa, ya saben, cocina, baño, salón, habitación de la mocosa y zulo para la cereza. Mi habitación era lo que, habitualmente, se usaba de lavadero. Tenía una sola ventana, por la que no cabía mi cabeza y a la que no le daba nunca el sol. Una cama individual, con una manta y una almohada. Y una caja para los zapatos.

El jardín caía tras el salón. Lo recuerdo enorme y brillante. Con hierba verde y flores de colores hasta acabar en el pequeño lago que delimitaba nuestra propiedad, allí había nenúfares y algunas ranas. Mi madre puso un columpio, para Carine. Y Carine siempre estaba en el columpio mientras yo miraba ranas.

Nunca quise a Carine.
Odiaba a Carine.
Odiaba a mi madre.

Era un día nublado, de esos que el frío te cala en los huesos. Me levanté mal y tarde y bajé a desayunar. Ya no quedaba nadie en la cocina, ni café, ni tostadas. Mi madre miraba la televisión, alternando su mirada entre la caja tonta y la niña tonta que jugaba en el columpio. Mi padre trabajaba, siempre trabajaba. Le pregunté casi susurrando qué había para desayunar, y me contestó entre risas
- Tu hermana te compró algo ayer. Está en la nevera.

Volví arrastrando los pies a la cocina, deseando encontrar gelatina o helado, pero no. Había un enorme y suculento bol de cerezas. Cerezas rojas de temporada. Cerré la nevera de un portazo y pude escuchar las carcajadas de mi madre desde el salón. Me hirvió la sangre y cerré mis puños para contener las ansias de darle una patada a algo. A mi madre. 
Hice fuerza hasta clavarme las uñas, la culpa era de Carine. 

Ese fue el día que maté a mi hermana.