domingo, 26 de septiembre de 2010
Capítulo cinco.
Les indiqué cual era su mesa.
-¿Qué quereis tomar?
Aquella extrabagancia con patas sonrrió a la larguirucha.
-Carmich, ¿me invitas?
"Carmich" resopló.
-Pfff, Atrich...- Así que aquella era "Atrich".
-Te invito yo-Así que la de la de rizos iba sobrada.
-Entonces. ¿que va a ser?
-Para mi un café irlandés. Sin café ni irlandés. Pero con mucho azúcar, por favor.
Vaya día. Levanté la cabeza de la libreta. -¿Perdón?
-Hoy tengo un día amargo. Simplemente quiero una taza de azúcar. Lo suficiente para endulzarme el día. Y llénelo hasta arriba, eh.
Tenía que pedirle a mi jefe que me subiera el sueldo.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Capítulo cuatro.
De repente, la chica que gesticulaba estaba a dos palmos de mi cara. Me asusté. ¿Sería siempre tan esporádica?
Vestía unos pantalones cortos blancos, pero apenas se veía una rendija de ellos, y una camiseta llena de avispas que ponía "Bee different". Era curioso, la camiseta de la chica más corriente del mundo gritaba por la originalidad. Todo parecía normal en ella: el pelo, castaño, al igual que los ojos. No era muy alta, y quizá por eso se puso de puntillas apoyada en el mostrador. Me sonrió, y no pude evitar fijarme en que lo hacía tristemente, y fue entonces cuando me di cuenta de que le tenía que decir algo, porque estaba siendo descortés en extremo al quedarme examinandola con la mirada durante tanto tiempo.
-¿Te puedo ayudar en algo?
-Si, claro, para algo he venido hasta aquí.
Debía de esperar que yo dijera algo, porque no dijo nada más. Ladeó un poco la cabeza, y sus rizos acariciaron levemente el mostrador.
-Me...preguntaba...si tenías mesa para cinco adolescentes al borde de un ataque de nervios...
Vaya día me estaban dando aquellas chicas. Las mandé pasar, a ver cómo acaba la cosa.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Capítulo 3
- ¿Qué va a ser?
Me miró pero antes no pudo evitar echar una fugaz mirada a la carta en la que todavía reposaba la imagen del postre que quería tomar.
- Hola. ¿Me podría dar una coca-cola y… - dudó, miró su cartera y una sonrisa se formo en su cara- y unas tortitas por favor.
- ¿Las tortitas con nata y chocolate?
- No, gracias.
Su sonrisa continuaba en su cara, pero se le notaba que había una pizca de remordimiento.
- Aunque lo pidas no te costará más. – En ese momento no pude evitar sonreírle.
Me dedicó una tímida risa.
- No, lo siento, pero es que no me gustan con las tortitas, pero gracias de todas formas.
- No hay de qué.
Volví a la barra y les deje el encargo de tortitas sin nada a los cocineros.
Varios comensales se fueron y me dispuse a recoger sus mesas. Mientras estaba en mi tarea observé a la chica. Ahora tenía un libro en la mano pero… ¡¡Lo estaba leyendo al revés!! Me intenté fijar en la portada que deduje que estaba a la derecha y vi un dibujo japonés. Ah… Será por eso que se lee al revés, pensé. De repente una música invadió el café, era el sonido de una batería y luego se oyó una voz, parecía rock. La chica del libro japonés empezó a revolver su bolso hasta que sacó el móvil y contesto. Estuvo varios minutos hablando, solo alcanzaba a escuchar matices de su conversación. Solía decir mucho: Dios mío, o en plan… Cuando pasaba cerca de la mesa lograba escuchar a alguien gritando al otro lado del teléfono mientras la chica intentaba calmar a esa persona. Su voz parecía serena pero enfadada a la vez. Lo único que conseguí escuchar de la conversación fue cuando le llevé sus tortitas sin nada y su coca-cola.
- Estoy en el bar que me dijisteis ayer. No Atrich, no estoy sola, estoy con Salta y Velo.
¿Atrich, Salta, Velo? Esa chica me empezaba a asustar
- No, no se llegar hasta allí. Vale, en 10 minutos fuera del bar. Chao
Su despedida fue sonriente y alegre, pues al parecer pronto se encontraría con una amiga suya o algo por el estilo. Le dejé sus tortitas y la coca-cola sin poder evitar preguntar.
- ¿Seguro que sin chocolate?
Esta vez su risa no fue tan tímida como la anterior.
- Segurísima, muchas gracias.
También le dejé su pesadilla en la mesa, le acerqué el platito de la cuenta, lo miró con una arruga en la frente que se quitó al llegarle el olor de su merienda.
Y me fui hacia la barra. Recogí, serví a más mesas. Intente no quitarle ojo a la chica, tenía curiosidad de saber qué tipo de compañía era la de una chica que llama a sus amigos Atrich o algo parecido y que no le gustan el chocolate en las tortitas. Cada pocos segundos miraba por la ventana a ver si alguien venía a buscarla y unos minutos después su sonrisa me lo confirmó. Dejó el dinero en el platito y se precipitó a la puerta. Pero antes se despidó.
- Hasta pronto.- Y me dedicó una bonita sonrisa.
En mi imaginación solo iba a venir una chica: ‘’Atrich’’. He iba a ser alguien raro y extraño. Pero en vez de eso eran cuatro chicas totalmente normales, dos de ellas me sonaban, tenía un recuerdo lejano de un banquete como desayuno y una pobre propina. Se fueron alejando y mientras yo fui a recoger la mesa. Oh no… Me pagó con monedas de 20,10,5,2 y 1 céntimo. A contar, pensé. Pero antes de eso me fijé en una modificación en la cuenta, ella había escrito algo al lado de las tortitas:
Coca-Cola 1.20
Tortitas (sin nata ni chocolate:) 2.99
Total 4.19
Segunda parte
Después de media hora eterna, una joven de altura por encima de la media se disponía a irrumpir una rutina. Tiró de la puerta. No se abrió. Tiró más fuerte. Seguía sin abrirse. Observé que toda la clientela posaba miradas curiosas en la entrada. Tras darse cuenta de que el mecanismo era el contrario, empujó con un resoplido. Reconocí una risa y volví la mirada a la mesa cuatro. La chica tripolar relucía brakets de nuevo y hacía señas para que la nueva inquilina se sentase a su vera.
El suelo crujió con el enfado de Carmen. Sus auriculares dejaron escuchar una música folk antes de qu los guardase en el bolsillo. Llevaba unos pantalones cortos escondidos bajo un jersey enorme que no dejaba describir su figura. Sus deportivas negras arrastraban los cordones por la madera, pero no los llegó a pisar con las zancadas que dio.
Se deslizó en la silla que se encontraba delante de su amiga y se deshizo del jersey, quedándose con una camiseta marrón básica, de tela fina. Se recogió el pelo encrespado y un tanto mojado en un pseudo moño, dejando entreverse la atadura en el cuello de su bikini. Pese al recogido, su flequillo seguía incordiando y de vez en cuando pasaba la mano por su frente para echarlo hacia atrás. En uno de esos gestos conseguí ver sus ojos de un color indefinido pero no muy oscuro, bañados en pintura de ojos negra que no había limpiado a noche al llegar a casa, y con unas pestañas que no se quedaban cortas. También rebosaba personalidad su nariz respingona.
-Déjame ver la carta. Tampoco me dio tiempo a desayunar.- Acercó la carta. Con una mano pasaba las hojas mientras la otra se enredaba en el cordel azul de su llamador de ángeles. De vez en cuando se acercaba una de las manos a la boca para morderse las uñas, ya devoradas, eliminando así la poca pintura roja que quedaba en ellas.
En cuanto cerró la carta y levantó la vista salí de detrás de la barra, para perderme lo mínimo de la conversación.
-Bien. ¿Cómo la matamos?- rompió el hielo Carmen.
-A ver. Quizá deberíamos hablarlo.
-Paulich querida, por experiencia te digo que no va a querer arreglar las cosas.- Le cogió las manos y le regaló una sonrisa arreglada tras años de aparato dental. Paula le expuso todo su razonamiento, deleitándome de nuevo. Carmen escuchaba, queriendo aparentar tranquila pero delatándose con sus ojos rebosantes de preocupación, luego contestaba con bromas estúpidas pero que conseguían quitarle hierro al asunto. Quizás ella estuviese derrumbándose pero le importaba más el estado de su amiga, lo primero era alegrar a los demás.
Llegué a la mesa y Paula sonrió reconociendo mi curiosidad.
-¿Ahora?- pregunté.
-Creo que sí.
La mirada de la otra chica se volvió perpleja debido a la nuestra de complicidad. Paula le indicó que pidiese su desayuno.
-Quiero una rodaja de melón, un cola-cao, un zumo de melocotón, un croissant, dos tortitas, tres crêpes con Nutella y cereales.
Los dos nos quedamos con la boca abierta.
-Esque ayer con todo lo que ocurrió casi no cené.
-¡¿Qué?! ¡Fuiste la que más cenó!-dijo sin poder evitar una nueva carcajada. La chica me miró y su tez pálida comenzó a sonrojarse. Normal, cualquiera se avergonzaría. Comencé a pensar que tal vez tuviese un parásito en su intestino.-Yo tomaré un café con leche.
La hoja de mi bloc se quedó sin espacio. Miré el bloc. Miré a Carmen.
-Probablemente tarde un poco.
Las dos rieron esta vez.
-No pasa nada.-dijo entre risas.- Gracias.-Di media vuelta y conseguí escuchar unas últimas palabras bañadas en acento gallego- Qué majo tu amigo el camareris.- Miré hacia atrás y le dediqué una sonrisa. Sabiendo que ellas volverían a alegrarme con sus carcajadas. Seguí caminando y puse la hoja en la cornisa de la ventanita de la cocina. Luego me fui a la barra, apollé la cabeza en una mano y las miré casi con acoso, agudizando el oído a un tiempo. Paula gesticulaba desesperada, no se podía creer la situación en la que se hallaban. Carmen comenzó a dejar su optimismo a un lado.
Probablemente nunca me enterase de lo ocurrido, por eso comencé a imaginármelo, cómo hago siempre en mi trabajo. Me fijo en uno de los clientes, lo observo minuciosamente y me invento su historia, basándome probablemente en su aspecto físico, y esque para este hobby sólo sirven los prejuicios.
Supongo que todo habría ocurrido en la fiesta. Esa de anoche que celebraron a orillas del río en el que se bañaron. Todos se lo pasaron bien menos ellas y un par de amigas más que palpaban la tensión en el ambiente. Ellas notaban las mentiras y el egoísmo. Notaban el interés. Dejaron que todo ocurriese y pasase de largo. Pero no son de las que piensan a lo hecho pecho, son de las que hablan por los codos melodramáticamente. Y al día siguiente (hoy) todo se hablaría, la verdad sentenciaría.
Tras el banquete de Carmen, dejaron el dinero en el platito que les había dejado con la cuenta y salieron de la cafetería despidiéndose de mí. Me acerqué a recoger mi propina que fueron solamente cinco míseros céntimos y observé que había en el platito una nota.
Eres un camarero muy simpático, queríamos dejarte más propina pero andamos justas de dinero.
Con el platito y la nota aún en mano me giré bruscamente hacia la puerta. Vi dos caras adolescentes sacudiendo la mano y sonriéndome.
Capítulo uno
Empujó la puerta de cristal con sus manos torpes mientras la seguía con la mirada. Era una muchacha jóven. Aún pequeña. Su largo pelo castaño caía sobre sus hombros hasta rozar la cintura, donde su puntas comenzaban a bailar rebeldemente. Llevaba la raya a un lado. Derecho. Y recogía el flequillo en el lado contrario con una gran pinza negra que no dejaba de colocarse, y recolocarse. Una y otra vez. Siempre quedaba algún pequeño mechón sin apresar que resbalaba sobre su ceja y tapaba parte de su pequeño ojo verde. Entró sonriendo y reluciendo brackets.
Tapaba su torso con una camiseta larga que cubría más allá de sus caderas. Atrapaban sus bermudas vaqueras que se derrumbaban hasta las rodillas y bailaban con cada zancada. La madera crujía bajo sus Nike con el más mínimo movimiento. La brisa de su respiración aturdía el ventilador que abanicaba junto a la barra.
Sus pesadas piernas caminaron con paso vacilante hacia la mesa número cuatro, la que se escondía tras una pequeña planta de hojas gruesas. Hacía esquina con la cocina y tenía al frente un gran ventanal que daba a la avenida parisina.
Acomodó su mochila verde a en una silla y ella se sentó en la continua. Desplomó su cuerpo sobre el mueble con indiferencia y se reclinó contra el espaldo. La observé durante un momento antes de interrumpir su sosiego.
Parecía una chica calmada. Formal. Ese tipo de personas que lo ven todo en segunda fila y se limitan a escuchar. Escuchan cada silencio que los protagonitas crean en sus problemas. Un hombro empapado en lágrimas. Entonces un timbre atronador resonó en todo el café. Sacó su teléfono del bolsillo y contestó.
- Carmich - su voz se clavaba en el teléfono que le respondía mientras ella esperaba en silencio. Pasaron los minutos y seguía callada. Del otro lado de la línea llegaba malas nuevas, yo lo noté en su cara.
Quiso disimular su angustia, pero sus cejas se inclinaron y frunció sus labios. Movía sus ojos de un lado a otro buscando algún lugar seguro en el que dejar caer la mirada. Estaba nerviosa.
Abrió la boca y volvió a articular palabras - Esto no puede ser, Carmen, ¿lo sabes, no? Hay que frenar lo que se nos viene encima y no estoy dispuesta a seguir aguantando la mierda que nos echa a nosotras. - Carmen le contestó, mientras ella resoplaba negando con la cabeza. - No, no... Carmen. No, escúchame: ... - comenzó un discurso ininterrumpido. Expuso sus palabras ante el teléfono de una forma increíble, exacta, rápida y eficaz. Parecía estar leyendo un papel y no me extrañó que se hubiese llevado un guión preparado. Silencio de nuevo. Sus palabras resonaron en mi cabeza y los argumentos cayeron a mis pies. No tenía ni idea de cuál era el problema que ella tenía, pero estaba convencido de que tenía razón-. Escucha, Carmen, estoy en el café de la semana pasada, ¿recuerdas? Bien, aquí te espero. - suspiró y colgó el teléfono, dejándolo apoyado en la mesa de cristal.
Me acerqué con calma a preguntarle que iba a tomar.
-¿Todo bien? - mi pregunta hizo que sus ojos se apartasen de la carta y me mirase a la cara con expresión incrédula. Y sonrió. Sonrió por la singularidad de mi pregunta. Obvio. Un camarero de París pregunta si quiere la leche caliente o del tiempo, no si la vida le viene rodada o cuesta abajo. Pero sus palabras habían hecho que mi interés cayera en sus problemas. Y en Carmen. ¿Cuánto tardaría en llegar? Entonces me di cuenta de que aún esperaba la pregunta adecuada - ¿Qué va a tomar? - resoplé.
Y estalló en carcajadas, su risa se paseó por todas las mesas de café. No tenía cabida en una situación como aquella. Acaba de discutir, regañar e impacientárse por teléfono y ahora reía como si no hubiera problema que pudiese afectarle. Parecía bipolar, y me pregunté si lo era. No me importó demasiado cuando sonrió para mí, y pude advertir que aquello no acaba ahí.
- Creo que esperaré a Carmen para decidir, gracias. - me giré sobre mis talones con su respuesta bailando en mis oidos avergonzados cuando la escuché suspirar -. Es ahora comienza lo bueno.- sonaron palabras tristes y desafiantes. Sería difícil hacerla callar.
Una vez detrás de la barra contemplé como sacaba un libro de su mochila y comenzaba a leer pasada la mitad de las páginas. Delizaba su cabeza y cada renglón y se mordía las uñas, pintadas de un marrón desgastado por el tiempo. Su reloj celeste bailaba en su muñeca izquierda y en cada página se inclinaba a mirarlo. Apenas había pasado un cuarto de hora cuando advertí en sus ojos el nacimiento de una lágrima. Se enfada, rie, llora... Tripolar.
-Menuda chica tan rara - suspiré.
Y me senté a esperar a Carmen.